–1906–

escándalo monumental y ruido de sables

A finales del mes de septiembre, Nicanor Villa Villita, a la sazón representante del empresario Gaspar Crespo, todavía no había podido cerrar las combinaciones de la feria del Pilar de acuerdo a las preferencias del público. La predilección de la afición zaragozana giraba fundamentalmente en torno a dos nombres propios: Machaquito y Bombita. Ni uno ni otro comprecerían en la feria. Ocuparían sus puestos Quinito y Cocherito de Bilbao. Y, como se verá… en tan mala hora.

A Bombita le había perforado el pecho un toro en Madrid y declinó su compromiso zaragozano a pesar de que la contrata ascendía a 5.000 reales. Para sustituirlo se habla con Pepete y parece ser que el canje es bien recibido entre la afición. Pero, como si la gestación de la feria hubiera estado rodeada de un halo de fatalidad, la actuación de Pepete se pone en entredicho pues rápidamente se conoce la cogida que sufre el 7 de octubre mientras actúa en Lisboa, un percance que interesa un brazo y por el cual es retirado a la enfermería, no continuando la lidia. La noticia se propaga como la pólvora y la alarma salta ruidosa en la capital del Ebro. La agitación crece notablemente entre los corrillos de aficionados, que especulan sobre la presencia del diestro y lo que es peor, la posible sustitución. Todo se aclara el 10 de octubre con la difusión de un despacho que el apoderado del torero remite la noche anterior a la empresa: «Pepete, varetazos leves. Está superior. Pierdan cuidado.»

Tomás Alarcón Mazzantinito es otro de los toreros con quien se cuenta inicialmente pero, de nuevo, un percance sufrido en Madrid le aparta de la circulación dejando a Villita en una más que delicada situación.

Salvados todos los inconvenientes, Nicanor Villa hace públicas las combinaciones de las tres corridas que completarían el día 13, ante toros de Carriquiri, Fuentes y Cocherito de Bilbao; el 14 la corrida luciría el hierro de Marqués de Guadalest y los encargados de despacharla serían Quinito y Fuentes. La última función estaba confeccionada a base de Quinito, Fuentes y Pepete con la corrida de Miura.

SE CALMAN LOS ÁNIMOS ANTE EL INICIO DE LA FERIA

La venta del abono parece que no se ha resentido a pesar de todos los contratiempos previos. Con este panorama de aparente calma se celebra la primera corrida de toros el domingo 13 de octubre. Antonio Fuentes y Cocherito de Bilbao despachan el encierro de Carriquiri y, como si se tratara de un acto de reconciliación entre la empresa y el público, se añade un séptimo toro que estoquea el sobresaliente Calerito.

Pero, como dice el refrán: «poco dura la alegría en casa del pobre». El lunes había amanecido gris y amenazante. La inestabilidad atmosférica era patente y el público se retraía ante las taquillas. El empresario se muestra muy confuso y ante la incertidumbre de que a la hora del festejo rompan los cielos y descarguen una tormenta descomunal o bien aparezca la lluvia durante la lidia del primer o segundo toro (ya no sabe qué es peor) tira por la calle de enmedio y, acompañado por su representante, en torno a las doce y cuarto del mediodía se dirigen al Gobierno Civil para entrevistarse con el Gobernador. Este, en atención a los argumentos expuestos por ambos, resuelve suspender. Solo que en ese mismo instante, en el exterior luce un sol radiante que, seguramente ellos no pueden ver desde el interior del edificio, abrumados por el tremendo panorama que el empresario pinta.

Entretanto, la plaza de toros, que ya había abierto sus puertas como de costumbre, registraba en torno a un cuarto de aforo cubierto. Los aficionados desconocían el acuerdo que se había tomado minutos antes en las dependencias gubernativas y, claro está, nadie les había notificado la decisión. En igual situación estaba el presidente del festejo, el teniente de Alcalde, Sr. Vilella, al que la noticia dejó –como no podía ser de otro modo– completamente helado. No dejaba de ser extraño que, sin contar para nada con su concurso como sería protocolario, hubiera sido el Gobernador, Sr. Llamas, el ejecutor de tal disposición. Y claro, a Viella le faltó tiempo para abandonar el barco a su suerte y dirigirse al Gobierno Civil para «echarse a la cara» a Llamas. Ni que decir tiene que las palabras entre ambos no fueron precisamente un dechado de cortesía.

EL OTRO FRENTE DE LA BATALLA

Claro que, si los dos burócratas estaban dirimiendo un conflicto de poder en su terreno, los espectadores «damnificados» se habían ido uniendo poco a poco hasta formar un considerable grupo que iba creciendo por momentos hasta ocupar la entonces plaza de la Constitución, que hicieron suya. El griterío de los espectadores pidiendo la celebración de la corrida iba creciendo en intensidad. La cosa se ponía cada vez más fea. El tumulto iba adquiriendo proporciones tan preocupantes que el Gobernador aceptó recibir a una comisión representante de los espectadores. Tras la reunión, y perdidas las esperanzas de celebrar el festejo, la delegación popular obtuvo del Gobernador el compromiso de obligar a la empresa a devolver de inmediato el importe a los tenedores de billetes, pues muchos de ellos se habían desplazado desde distintos pueblos y era lógico que debían regresar a sus puntos de origen. Llamas ordenó que se añadiera de inmediato una leyenda manuscrita en los carteles-avisos por la que se indicaba tal devolución. Pero ni por esas. El grueso de la terrible y amenzante manifestación se concentraba frente al Gobierno Civil, ajena a las disposiciones, lejos de la plaza de toros sobre cuyos despachos de taquillas se informaba de la medida.

El presidente, Sr. Vilella –acompañado de varios concejales republicanos– en la creencia de que todo se había resuelto, y que por tanto, su presencia ya no era necesaria (de paso se lavaba las manos y dejaba a Llamas toda la responsabilidad) no tuvo otra ocurrencia que descender hasta la plaza de la Constitución para tomar el coche de caballos. ¡Qué quería el pueblo! Apenas había asomado levemente arreció el griterío desafiante y Vilella, que no había tenido tiempo ni de sentarse en el carruaje, se vió obligado a refugiarse, de nuevo, y esta vez precipitadamente, en el Gobierno Civil. Para entonces, una sección de la Guardia Civil a caballo ya había hecho acto de presencia a las puertas de la Diputación. Y el pueblo, si no tenía bastante con el tremendo desorden en que se veía inmerso por la causa taurina, tenía ahora otro motivo más para dimensionar su protesta.

Mientras, el despacho de Llamas en el Gobierno Civil se había convertido en la principal fuente de contradicciones. Tan pronto surgían comentarios sobre la revocación de la orden de suspensión como se corría el rumor de que se había mandado llamar al empresario. A las tres menos cuarto, alguien aconsejó al Gobernador que si no deseaba que el asunto se le fuera de las manos, lo que debía hacer era autorizar finalmente la corrida. Otra duda más para el ya de por sí confundido Llamas.

Y se mandó buscar a Crespo y a Villita. Y se personaron. Y se mandó buscar a Quinito… y no lo encontraron ni debajo de las piedras. Y los bociferantes que, al igual que el Gobernador estaban más desorientados que una castañera en el desierto del Gobi, optaron por abandonar la presa y enfilaron el camino de la plaza de toros.

La ruidosa comitiva pronto alcanzó su objetivo. Solo que al plantarse ante la puertas de la plaza de toros les estaba aguardando una copiosa dotación de la Guardia Civil con cara de pocos amigos, refulgentes los sables que blandían con ademán desafiante y celosos custodios de las dos parejas que, instaladas en las taquillas, se disponían a llevar a cabo el trámite anunciado del reembolso de las entradas. Frente a tales «razones», la reacción de la tumultuosa grey no podía ser más que una: fila india y pasito a pasito, devolución ordenada del importe.

Al fin se habían sofocado los disturbios frente a la plaza de toros. Se había restablecido el orden. Pero al mismo tiempo, en la delegación gubernativa la actividad no se había interrumpido. Hasta allí había llegado Antonio Fuentes para dialogar con Llamas, y aclararle personalmente cualquier punto sobre su estado, pues se había propagado un falso rumor que «lo retiraba de la circulación» inesperadamente.

Ya más calmados los ánimos, la empresa había fijado un aviso en el que podía leerse:

«La corrida del Marqués de Guadalest (antes de Cámara) suspendida ayer por causa del mal tiempo, se celebrará hoy a las tres de la tarde, con los mismos espadas, Quinito y Fuentes.

Los que no estén conformes, pueden devolver las entradas en casa de Rivera, de nueve a doce de la mañana de hoy.

Zaragoza 15 de octubre 1906. La Empresa.»

La corrida se dio. Fuentes cortó una oreja del segundo y al desplazar ésta a la de Miura, la feria se alargó un día sobre el calendario oficialmente previsto. Gaspar Crespo cumplió un año más de contrato (1907) con Villita como representante y éste (que se había despedido del toreo el 29 de abril de 1906) seguro que siempre recordaría su faceta de organizador como de más riesgo que la de torero.

carmelo moya

Cástor Jaureguibeitia
Cocherito de Bilbao

Share on Social Media
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Cookies estrictamente necesarias

Las cookies estrictamente necesarias tiene que activarse siempre para que podamos guardar tus preferencias de ajustes de cookies.

Cookies de terceros

Esta web utiliza Google Analytics para recopilar información anónima tal como el número de visitantes del sitio, o las páginas más populares.

Dejar esta cookie activa nos permite mejorar nuestra web.

Cookies adicionales

Esta web utiliza las siguientes cookies adicionales:

(Lista aquí las cookies que estás utilizando en la web.)