–1944–

UN ALCALDE EN APUROS y una decisión salomónica

Las fiestas de septiembre en Calatayud habían cobrado un especial interés con el anuncio de Manolete (sería la única vez que pisaría el ruedo del coso de Margarita) pues el cordobés se encontraba en su máximo apogeo. Cierto es que su comparecencia había concitado el interés no sólo de los aficionados bilbilitanos sino que, desde todos los pueblos limítrofes y de la propia capital de la provincia se ha habían desplazado en aquellos trenes de transitar lento y cansino.

La Fiesta mayor merecía una celebración por todo lo alto y, en lo taurino, lo máximo en tal época, era Manolete. De éste modo, el diez de septiembre, se acartelaban junto al califa, Luis Gómez El Estudiante y Pepote Bienvenida ante toros de Vicente Muriel. De la trascendencia y la expectación que tal corrida despertó es una muestra el hecho de que, el propio alcalde de Calatayud, León Clemente, quisiera apropiarse de su parte de protagonismo al sentarse en la presidencia. Y si el alcalde presidía, el propio Gobernador Civil de la provincia, doctor Baeza, ocuparía igualmente un lugar de preferencia entre los tendidos. Como no podía ser de otro modo en aquellos años, los toreros estaban casi obligados a cumplimentar a los mandos políticos y, de tal guisa, El Estudiante le brindaría su primer ejemplar, segundo de la tarde.

No obstante, y a pesar de las expectativas, la plaza, al comienzo de la corrida, no registra precisamente un lleno. La sequía que padecieron los campos de la ribera del Jalón aquel 1944 dejaba su reflejo en taquilla.

La corrida en sí no tuvo demasiada historia y por el propio desarrollo de la lidia no hubiera sido objeto de consigna en éste volumen. Otro sí, tras la salida del sexto de la tarde, que correspondía a Manolete, y ante la evidente cojera que mostraba en una de sus patas, don León estimó que, para el día grande de la fiesta, aquello no era de recibo y ante la protesta popular decidió y así lo ordenó la vuelta a los corrales el toro de Muriel. Por cierto que tal operación tuvo una extensión temporal  tan abultada que ya los públicos comenzaron a soliviantarse. Con ésta predisposición y tensión en el ambiente saltó al ruedo el sexto bis, avacado y huidizo. La lidia se hacía imposible y el público se encrespaba cada vez más. Llovía sobre mojado. La protesta arreciaba considerablemente y el presidente-alcalde comenzaba a sudar por todos los poros de su cuerpo. Los toreros, a pesar de todos los intentos, no lograban meter en el capote al sobrero. Y el alcalde, al quien se le viene el mundo encima, se ve en un callejón sin salida. Suben los matadores al palco y se debate largamente sobre las posibilidades con las que cuentan. Pero el edil, metido a presidente por un día tira por la calle de enmedio y aplica el remedio más rápido pero menos reflexivo: la devolución del sobrero como modo de acabar con el escándalo.

¿Una medida inapropiada? No, si hubiera dispuesto de un toro más en los chiqueros. Solo que no lo había. El único disponible era el mismo Muriel que había sido señalado como sexto y que había sido devuelto a los corrales tan sólo unos minutos antes. Entretanto en los tendidos las voces de los espectadores, que se sentían defraudados, alcanzaban ya la categoría de gritos ensordecedores. Una vez sonó el toque de clarín indicando el regreso del toro a los corrales, los ánimos de calmaron. Pero lo curioso del caso estaba cociéndose en chiqueros pues, la solución pasaba única y exclusivamente por hacer salir a la arena de nuevo al único animal de que se podía disponer. El Muriel devuelto anteriormente. Y así se hizo. Y la escandalera fue de órdago. Y al alcalde se quería morir. Y Manolete, con esa gran presencia de ánimo que caracterizó su carrera profesional se dispuso a torear a aquel toro «mágico» (que igual aparecía que desaparecía).

Como era de esperar, el toro no posibilitó el lucimiento del cordobés, que, como no podía ser de otro modo, optó por despachar lo más rápidamente que pudo aquel descastado saco de huesos. Imposible recrear la magnitud de la gran bronca con que se cerró aquel festejo en el que, un alcalde que fue a por lana salió trasquilado y un toro burló el destino que tenía marcado aguando de paso la única actuación de Manolete en Calatayud.

carmelo moya

Manolete junto a su apoderado
José Flores Camará paseando por Bilbao

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