–1960–

FERMÍN MURILLO VS LUIS BAQUEDANO Y LA CORRIDA DE LA BENEFICENCIA

Apenas comenzado el año y hay que ver cómo venía el ambiente de enrarecido. A pesar de que Curro Caro –apoderado de Murillo– había mantenido una reunión con Luis Baquedano a mediados del mes de febrero para esbozar las líneas maestras de las actuaciones del torero en la capital, las negras nubes de la confusión no tardarían en oscurecer el horizonte. Si Caro y Baquedano habían llegado a un preacuerdo por el que se comprometían dos tardes en la feria del Pilar (estamos hablando de febrero, a seis meses vista) más la corrida de Beneficencia siempre que la organizara la empresa, las declaraciones de Murillo a José Mª Doñate en una entrevista breve en Heraldo de Aragón el domingo 27 de marzo hicieron saltar chispas y… algo más.

Era una sección fija titulada “Un tema, una persona y cinco preguntas” la que firmaba Doñate por la que pasaban a diario diversas personalidades. Aquel domingo, ya en la entradilla, el redactor describía a Fermín como “el indiscutible y sin embargo discutido matador aragonés”.

Su primera pregunta no dejaba lugar a dudas en cuanto al interés de aclarar conceptos ¿por parte del periodista o del matador?

– ¿Cuántas corridas tienes firmadas para Zaragoza?

– Ninguna. Hasta este momento no sé nada. Y me interesa hacerlo constar para que no se crean los aficionados otra cosa. Mi apoderado recibió unas ofertas ridículas que ni siquiera podían tenerse en consideración. No es que yo “me suba a la parra” como piensan muchos, pero mi prestigio no me permite torear en una plaza donde he triunfado, cobrando menos dinero que la última vez. Esto es de cajón, supongo yo, ¿no?. De momento, puedo decir que ni para Pascua ni para las fiestas del Pilar, la empresa zaragozana cuenta conmigo. Sus ofertas han sido hechas simplemente para que yo diga no y salvar así su compromiso. Está visto que no quiere que venga. Y supongo que cuando estoy en el ruedo estará deseando que suelte un petardo para que me hunda: pero se cansará de esperarlo. Esta es la única región de España donde para las fiestas no se cuenta con el torero de la tierra. Pasa revista por ahí y verás… ¡Yo no sé qué he podido hacer!…

Es evidente que las palabras de Murillo son tremendamente duras hacia Baquedano (por otra parte uno de los empresarios más desprendidos, bohemios y recordados como modélico por los aficionados más veteranos) y en su exposición se deja entrever que habla más con el corazón que con la cabeza. La prueba es que se contradice en varios puntos de su respuesta: alude que “de momento no sé nada” para continuar diciendo que su apoderado ha recibido ofertas ridículas. De otro lado, una vez defiende su categoría a tenor de lo ganado en el ruedo y por tanto, su derecho a un trato acorde, recurre al regionalismo como último argumento. En cualquier caso, las explosivas declaraciones del torero tendrán una inmediata contestación por parte del empresario que para replicar –no podía ser de otro modo– utiliza el mismo vehículo, Heraldo de Aragón. Así, el martes inmediato (29 de marzo) dirige una carta al director de dicho diario en la que expone:

Ruego a usted la publicación de esta carta abierta como aclaración total a unas declaraciones que considero tendenciosas y faltas de verdad aparecidas en la sección “Un tema, una persona y cinco preguntas” del domingo 27, en boca del matador de toros Fermín Murillo.

Primero.– El citado diestro fue contratado en las pasadas fiestas del Pilar para dos corridas, por pesetas 85.000 cada una. Sin embargo fue liquidado a razón de pesetas 100.000 en atención a su buena actuación artística y aceptable resultado económico de las mismas.

En el presente año fue requerido para tres corridas por la cifra global de pesetas 270.000 o en su defecto una sola corrida contratada, la de Pascua, en pesetas 100.000, quedando pendientes las negociaciones del Pilar. El diestro exigió, a través de su apoderado 340.000 pesetas por las tres corridas, quedando esta posición inamovible, por cuyo motivo esta Empresa hubo de ocuparse en la contratación de otros diestros. No obstante, se apalabró con su apoderado, en buena amistad, dos corridas para la feria del Pilar.

Como se puede ver, la afirmación de “oferta ridícula que ni siquiera podía tenerse en consideración” resulta una apreciación bastante arbitraria.

Segundo.– Es incierta su declaración de que la Empresa no cuenta con él para la feria del Pilar. Una cosa es que no esté firmado su contrato y otra muy distinta que se haya celebrado una entrevista con el señor Caro, apoderado del diestro, y convenido por ambas partes la actuación del torero en la feria. No se deben afirmar tan gratuitamente las cosas como hace el señor Murillo.

Tercero.– La Empresa “no tiene que salvar ningún compromiso” con el señor Murillo, y si se inician negociaciones y se hacen presupuestos es bajo la base de que el torero interesa, ya que de no ser así no se hubiera contado con él en PRIMER lugar como se hizo. Prejuzga también cuando supone que la Empresa desea su fracaso, ya que bien demostrado está el esfuerzo que se hace por ayudar a destacados valores regionales, que francamente hablando, repercuten en los ingresos de la taquilla.

De todo esto existen demasiados testigos, entre ellos su propio apoderado, para que pueda desmentirse nada. Pudieran aducirse varias cosas, pero es un escrito de justificación, no de acusación. Los trapos sucios deben lavarse en casa. La propaganda debe hacerse de otro modo que aprovechándose en la mendacidad o el perjuicio del prójimo. Sólo una cosa pedimos a Fermín Murillo: que demuestre por contrato qué Empresa le ha pagado más que ésta. Sólo una cosa le deseamos: que todas las Empresas le den las corridas que ésta, que a su modo de ver “tanto le perjudica”, le ha proporcionado. De todo corazón.

Con mi mayor agradecimiento y amistad de Vd. affmo. y s.s., Luis Baquedano.

Resulta evidente pues, que el empresario no sólo había tratado de modo preferente al torero (recuerda que es el primer espada con el que se habla de cara a la temporada) en cuanto a las liquidaciones, sino que además de proponer a su apoderado categoría y dinero, ante la negativa (inamovible) de la primera opción, todavía dejaba la puerta abierta de cara al Pilar. Pero, abundando en la generosidad de las formas medidas y hasta refinadas en la expresión de la misiva de Baquedano, tampoco el fondo de las mismas –sobre todo al final del escrito– deja lugar a dudas. Rebate todos los puntos y remite al espada a que aclare con su apoderado.

¿Donde está el secreto de toda ésta tormenta mediática en la que los actores se comunican por carta? ¿Es el apoderado –con lo que podríamos elucubrar una falta de comunicación con su representado– el que cuenta la versión de modo incompleto o defectuoso y el torero se revela de inmediato y por su cuenta? Conclusión: una vez que se ha armado tal confrontación de intereses y ante la imposibilidad manifiesta de un acuerdo a corto plazo, ambas partes deciden mantener su posición. Baquedano programa su temporada sin contar con Murillo y éste tira por la calle de enmedio y aprovecha la coyuntura de la corrida de la Beneficencia que organiza la Diputación para dejar claro ante la afición zaragozana que su deseo es pasar por el ruedo capitalino, ante su público, pero que no se apea de sus palabras ni de sus actos. Y dicho y hecho. El 5 de junio, y para acaparar todo el protagonismo en exclusiva, Murillo se anuncia en solitario frente a seis toros de la ganadería salmantina de Eusebia Galache, por aquel entonces una de las divisas de más prestigio. Y como para responder de sus anteriores declaraciones en las que reclama un sitio en su plaza como aragonés, se acompaña en aquella tarde de un buen número de subalternos de la tierra: entre los picadores figuran José Rivas, Cani, los Trajineros (Mariano y Joaquín), José Gil Moreno y Joaquín García Gordo; los subalternos de a pie serán José Cantos Cantitos, Miguel Martín Minuto, Antonio Caro, José Luis Marca, Melchor Soria, Curro Relámpago, Pepe Gracia, José Jordán Blanquito, Pepe Montañés y José Garcés.

EL CUARTO TORO MANDA A LA ENFERMERÍA A MURILLO

La expectación despertada ante tal festejo estaba más en los cafés y terrazas que, como después se demostró, en las taquillas. A pesar del carácter benéfico de la corrida y de la tradición de que venía precedida (de lo que podría esperarse una cierta inercia del público) los aficionados no respondieron, registrándose una mala entrada. Bien es cierto que la tarde estaba encapotada y amenazando lluvia (seguro que Baquedano no se alegraría, pero tomaría nota “del escaso tirón” del matador, anotándolo en su libreta de cara a futuras negociaciones) pero así y todo la plaza presentaba las galas de los días más señalados del calendario zaragozano.

Nada más deshacerse el paseíllo, las ovaciones resonaban aclamadoras. Murillo debió corresponder desde el tercio y quiso para ello contar con la inmediata compañía de su personal subalterno. El encierro de Eusebia Galache estaba compuesto por seis toros negros, bien criados, aunque un tanto discretos de cuerna. Murillo realizó al primero una faena brillante tras la cual fue obligado a dar la vuelta al ruedo, ya que había necesitado hasta cuatro entradas con la espada para derribar al galache. Las previsiones climatológicas se cumplirían en el segundo toro ya que, tras brindar al público se rompieron los cielos descargando toda su furia acuática. En tales condiciones, el torero se mostró más que valeroso hasta el punto de que, en uno de los derrotes del bicho fue alcanzado en el rostro produciéndole una herida. La historia del tercero reúne poco o nada destacable sino los deseos de agradar de Murillo que, en el cuarto sí, reafirma su fama de torero corajudo y plantea una faena de gran exposición ante un toro de media arrancada y mala condición. Avanza la faena y suena la música. Recrecen los ánimos del torero y en consonancia la intensidad emotiva de la faena. Y cuando éste más se confía, se ve sorprendido y es suspendido del pitón del galache. El derrote ha hecho presa y la expresión de dolor del torero es inequívoca, le ha calado. Pero el pundonor de Murillo le impide dejar su obra incompleta y no ingresa en la enfermería sin antes acabar con el toro de una certera estocada. Le son concedidas dos orejas que paseará Minuto.

En los tendidos, los comentarios se referían, casi a partes iguales, entre los que debatían acerca del alcance de la cornada de Murillo y los que especulaban con la capacidad del sobresaliente (un madrileño para casi todos desconocido: Carmelo Losada) para llevar a buen término el espectáculo. En cuanto a lo primero, la seguridad de contar con el equipo dirigido por el doctor Val-Carreres eliminaba gran parte de la preocupación que podría ser previsible. De lo segundo, la historia nos ha dejado el legado del escarnio personal del “presunto” torero, pues no fue capaz de matar ninguno de los dos toros que saltaron en últimos lugares. El quinto, ante su negativa de acompañar a los cabestros, hubo de ser finiquitado por el subalterno Manuel García Espartero quien, por sus antecedentes como novillero, fue designado para tal menester. Pero no acaba aquí la cosa. En el capítulo de incidencias hay que anotar la “actuación” de hasta ¡tres espontáneos! que saltaron al ruedo.

Volviendo a la parte formal del festejo, el parte médico daba cuenta de la “herida por asta de toro en la cara interna del tercio inferior del muslo izquierdo, con amplia disección de colgajos, de 20 centímetros de extensión, que interesa piel, tejidos subcutáneos y aponeurosis, y otra herida preauricular izquierda de 2 centímetros de extensión. Pronóstico grave». La previsión de recuperación estimada por Val-Carreres se cifraba en quince días.

Así terminaba el primer capítulo del desencuentro de Fermín Murillo y Luis Baquedano en 1960 pues en los carteles del Pilar de ese año no se consigna la participación del torero. ¿Aparecería la consabida tozudez atribuída a las gentes de Aragón, salpicada de brotes de orgullo que impedían –por mantener cada cual su postura inicial– el acuerdo para la feria?

Una cosa es clara: que, en ese tira y afloja entre ambos en el que Baquedano acusaba al matador de aprovechar las circunstancias para hacerse propaganda y el espada al empresario de perjudicar sus intereses y desearle el fracaso artístico, tuvo como final que no hubo triunfador: ambos perdieron. Y a lo que se ve, también los espectadores.

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Nota: En la referida corrida de Beneficencia, Pepe Gracia debutó como banderillero en corrida de toros. El subalterno más antiguo de los de a pie aquella tarde, José Cantos Cantitos le cedió su par de banderillas en una desacostumbrada ceremonia que afirmó la categoría profesional del nuevo subalterno.

carmelo moya

Fermín Murillo Paz

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