EL SIGLO DE ORO Y LOS TOROS A TRAVÉS DE SUS NARRADORES

Una serie original de Javier Sesma Moreno

Calderón de la barca

Uno de los más grandes

Nuestro insigne personaje lucía un nombre muy pomposo: Pedro Calderón de la Barca y Barreda por parte de padre y González de Heneo Peralta y Riaño por parte materna. Su padre era Secretario del Consejo y Contaduría Mayor de Hacienda de la Corte y su madre procedía de una noble familia flamenca con gran trascendencia e influencia en la Corte. Pedro tuvo tres hermanos: Diego, abogado, Dorotea, monja franciscana, y José o Jusepe, militar.

            Nació en Madrid el 17 enero 1600 y fue bautizado en la Iglesia de San Martín. En 1605 ingresó en una escuela de Valladolid, acompañando a sus padres que seguían, a su vez, a la Corte. Continuó sus estudios en el Colegio Imperial de los jesuitas de Madrid, entre 1608 y 1613, ingresando posteriormente en la Universidad de Alcalá de Henares, hasta que, tras la muerte de su padre en 1615, hubo de trasladarse a la Universidad de Salamanca donde cursó el Bachillerato de Derecho Canónigo y Civil hasta 1619.

            En 1623 viajó, al servicio del duque de Frías, por Flandes e Italia hasta su vuelta a Madrid en 1625 cuando entró a formar parte del servicio del rey Felipe IV ganándose su voluntad y la de la Corte. En 1636 fue distinguido con la prestigiosa Orden de Santiago. Ese mismo año se enroló en los Tercios de Flandes donde, se supone, formó parte del sitio de Breda. Dos años más tarde, en su calidad de caballero de la Orden de Santiago, tomo parte del sitio de Fuenterrabía en el País Vasco español; y en 1642 participó también en la Guerra de Secesión de Cataluña donde se licenció con honores. Una vez incorporado a la vida civil formó parte de la comitiva del duque de Alba por lo que tuvo que trasladarse a vivir a Alba de Tormes.

            Tras el fallecimiento en 1644 de la reina Isabel de Borbón y de su hijo el príncipe heredero Baltasar Carlos dos años más tarde en Zaragoza a la edad de 16 años, el rey Felipe IV ordenó el cierre de los teatros madrileños por lo que Calderón de la Barca dejó de estrenar sus comedias hasta su reapertura en 1649.

            Sintió la llamada de Dios y en 1650 ingresó en la Orden Tercera de San Francisco donde se consagró como sacerdote al año siguiente. En 1653 obtuvo la capellanía de los Reyes Católicos de Toledo concentrando desde entonces su producción literaria en Autos Sacramentales. En 1666 fue nombrado Capellán Mayor del nuevo rey Carlos II, último de la dinastía de los Austrias.

            El 25 mayo 1681, cuando contaba 81 años, falleció en Madrid y, tras un entierro íntimo y modesto, sus restos fueron inhumados en el templo de Nuestra Señora de los Dolores, desde donde serían trasladados, en siglos posteriores, hasta en seis ocasiones.

Pedro Calderón de la Barca

Su vida literaria

Según los historiadores, su vida fue el colmo de la ambigüedad: “reaccionario y conformista”; “ortodoxo y libertino”; “subversivo y escéptico”; “poeta de la Inquisición y dramaturgo ateo”. Dramaturgo por excelencia, poeta inimitable, y autor teatral brillante y controvertido. Es decir… un genio.

Antes de morir hizo contabilidad de todas sus obras, estrenadas o editadas, resultándole un balance de: 110 comedias y 80 autos sacramentales… que él recordara hasta ese momento. Enumeremos sucintamente sus obras más importantes:

Obras de teatro: comedias y dramas

1623 – “Amor, honor y poder”, su primera comedia estrenada.

1629 – “La dama duende” y “Casa con dos puertas mala es de guardar”, comedias.

1635 – “El médico de su honra”, tragedia.

1636 – “La vida es sueño” y “El alcalde de Zalamea”, insignes dramas.

1642 – “Secreto a voces”, comedia.

1660 – “La púrpura de la Rosa”, comedia trasformada en ópera

1680 – “Hado y divisa de Leónida y Marfisa”, considerada como su última comedia.

Autos sacramentales

1632 – “La cena del rey Baltasar”

1634 – “El nuevo Palacio del Retiro”

1640 – “El gran mercado del mundo”

1655 – “El gran teatro del mundo”

1673 – “La viña del Señor”

1676 – “Los alimentos del hombre”

En 1660 el músico Tomás de Torrejón  compuso la única ópera que se conoce sobre una novela calderoniana, concretamente de “La púrpura de la Rosa”, para festejar la boda de la Infanta María Teresa con el rey Luis XIV de Francia.

Su relación con los toros

            No se sabe a ciencia cierta que nuestro amigo don Pedro fuera un gran aficionado a la fiesta de los toros, pero sí dejó constancia de la afición de los españoles de su época a este espectáculo. Sirvan estos breves arquetipos:

            “No hay burlas con el amor”

            En este divertido entremés aparece por primera vez la palabra “toricantano” en un escrito editado. En la comedia prima el personaje de un criado, Moscatel, que le cuenta a su amo, don Alonso, una anécdota con tintes taurinos.

            “En la plaza/un toricantano un día/entró a dar una lanzada,/de un su amigo apadrinado;/y airoso terció la capa,/galán se quitó el sombrero,/y osado tomó la lanza/a veinte pasos del toril.

            Salió un toro, y cara a cara/hacia el caballo se vino,/aunque pareció anca a anca,/ porque el caballo y el toro,/murmurando a las espaldas,/se echaron dos melecinas/con el cuerno y con el asta.

            Cayó el caballero encima/del toro, sacó la espada/el tal padrino, y por dar/al toro una cuchillada,/a su ahijado se la dio;/y siendo de buena marca,/levantóse el caballero /preguntado en voces altas:/»¿Saben ustedes a quién/este hidalgo apadrinaba?/¿A mí, o al toro?» Y ninguno/ le supo decir palabra. Aplícate: apadrinado/que don Alonso conozca/que sé cumplir mi palabra”.

            “El toreador”

            En este entremés cómico un caballero, Juan Rana, pretende conquistar el amor de una dama, Bernarda, y para cerciorarse del verdadero amor de Juan, la moza le reta a que toree en el próximo festejo taurino. El galán acepta el capricho a regañadientes, mientras un primo suyo, le aconseja…

            Bernarda y Juan Rana hablan en la reja

BERNARDA: Lo que habéis de hacer por mí,/si es que os obliga mi amor/es torear en mi nombre.

JUAN RANA: No es posible.

BERNARDA: ¿Cómo no?

JUAN RANA: Porque me halló con mal pulso/esta mañana el Doctor.      

BERNARDA: Pues don Cosme ¡vive el Cielo!/que esta es ya resolución:/o torear o perder-me,/miraldo más bien, y adiós.         

            Un caballero, primo suyo, presencia la escena y trata de ayudarlo.

CABALLERO: Cierto que habéis andado muy grosero.         

JUAN RANA: No pude más, a fe de caballero.

CABALLERO: Para no torear ¿qué os embaraza?     

JUAN RANA: Primo, yo no me siento hombre de plaza.       

CABALLERO: Ya es ésta en vos obligación precisa. 

JUAN RANA: Rabiando estáis por heredarme aprisa.

CABALLERO: Pesado sois, por Dios, sin ser de plomo.       

JUAN RANA: Digo que torearé, mas no sé cómo.

CABALLERO: Lo primero, con garbo y con denuedo,/es entrar por la puerta de Toledo/irse al balcón del Rey con gallardía,/hacerle una profunda cortesía,/luego a las damas otras muy perfetas.

JUAN RANA: Esas son cortesías con corvetas.          

CABALLERO: Terciar la capa con gentil decoro,/empuñar el rejón, salir el toro,/aguardarle cubierto,/darle en la nuca y ¡zas! dejarle muerto./Que aquesto hecho con modo y sin rece-los/parecerá, don Cosme, de los cielos.      

JUAN RANA: Y si el toro se tarda descuidado,/¿es cosa de enviarle yo un recado?

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