EL SIGLO DE ORO Y LOS TOROS A TRAVÉS DE SUS NARRADORES
Una serie original de Javier Sesma Moreno
FRANCISCO DE QUEVEDO
testigo taurino por obligación
Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Ceballos nació en Madrid el 17 de septiembre de 1580 y, según el acta de bautismo de la iglesia de San Ginés, era hijo legítimo de Pedro Gómez de Quevedo Sáez de Villegas, a la sazón secretario de la infanta María de Austria hermana de Felipe II y, posteriormente, de la reina Ana de Austria esposa del mismo rey de España y Portugal, falleciendo su progenitor cuando Francisco tenía seis años, y de María de Santibáñez dama de la reina Ana, que a su vez falleció hacia 1600.
Fue el mayor de cuatro hermanos y la naturaleza no fue generosa con él. Nació con una gran deformidad en ambos pies lo que le obligó a usar bastón toda la vida. Sufría de una gran miopía y era obeso. Tenía un endemoniado carácter, crítico, burlón y ácido con el resto de la humanidad, sobre todo con los malos gobiernos y sus dirigentes. Era pendenciero, mujeriego y un magnífico espadachín en duelos y peleas. Era, en definitiva, un gran genio amargado y resabiado.
En un primer momento estudio en el Colegio Imperial de los Jesuitas en Madrid, cursando luego, en 1596, estudios superiores de Teología en la Universidad de Alcalá de Henares sin llegar a ordenarse sacerdote. Siguiendo a la Corte, en 1601 prosiguió sus enseñanzas de humanidades en la Universidad de Valladolid hasta que retornara a Madrid en 1605.
En 1613 probó la vida política al amparo del duque de Osuna acompañándole a Sicilia y realizando junto a él pequeños trabajos diplomáticos. El de Osuna fue defenestrado en 1620 y Quevedo sufrió las consecuencias siendo desterrado a su finca de Torre de Juan Abad (Ciudad Real), sufriendo temporalmente reclusión en el monasterio de Uclés (Cuenca) viendo luego reducido su castigo a arresto domiciliario en Madrid, pena que fue levantada posteriormente tras la ascensión al trono de Felipe IV en 1621.
El poderoso Conde-Duque de Olivares –luego enemigo acérrimo suyo- le ofreció el cargo de Secretario Real recibiendo con ese motivo el hábito de Santiago, distinción muy apreciada en la Corte.
En 1639 se opuso con sus escritos a Olivares por lo que fue detenido y confinado en el convento de San Marcos de León hasta 1643. Con la salud muy deteriorada se retiró a Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) donde falleció el 8 septiembre 1645 cuando contaba 65 años de edad.
Francisco de Quevedo
SU OBRA LITERARIA MÁS IMPORTANTE
De su estilo emanaba melancolía, junto a un gran sentido del humor para burlarse de todo el mundo, pero lleno de poesía y sensibilidad; características propias del barroco de la época.
Obras políticas
1621. Grandes anales de 15 días que pasaron por un mes
1626. Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satanás
1630. El chitón de Tarabillas
1646. Vida de Marco Bruto
Obras satírico-morales
1603. Historia de la vida del Buscón llamado Pablos (su primera y más importante)
1605. Los sueños (crítica de las profesiones y oficios de la época)
1628. Discurso de todos los diablos o infierno emendado
Poesía
1625. Amor constante más allá de la muerte
Poesía satírica y burlesca
– Poderoso caballero es Don Dinero
– A una nariz (dedicado a la nariz de su enemigo Góngora)
– Poema al pedo
– Gracias y desgracias del ojo del culo
Recopilación de sus poemas y obras en verso
En sus últimos años Quevedo reúne todos sus poemas y obras en verso para publicarlos en 1648 en una magna obra que titula “El Parnaso español” y que dedica a su protector el duque de Medinaceli y Alcalá. Como muriera tres años antes de conseguirlo, su amigo el humanista José González de Salas se encargó de recopilar y finalizar la obra soñada por el madrileño. En 1670 un sobrino de Quevedo, Pedro Aldrete de Quevedo y Villegas, publicó el resto de sus poemas bajo el título “Las tres musas más castellanas”. Previamente, en 1605 y en Valladolid, un tal Pedro Espinosa editó la obra “Primera parte de las flores de poetas ilustres de España” donde se publicaron poemas de los más importantes autores del momento (Góngora, Lope y otros) y entre ellos vieron la luz 19 poemas de Quevedo.
SU RELACIÓN CON LOS TOROS
Conviene tener en cuenta que nuestro insigne personaje no fue nunca aficionado a los toros, pero si tuvo que escribir mucho sobre ellos porque, al ser cronista oficial de los actos en los que estaba inmersa la Casa Real -entre ellos las fiestas de toros- debía describir lo acontecido en los cosos o plazas públicas a los que asistían.
Fueron muy celebrados estos sonetos taurinos suyos:
-
“A la fiesta de los toros y cañas del Buen Retiro en día grande de nieve”.
-
“Fiesta de Toros con rejones, al príncipe de Gales, en que llovió mucho”, festejo celebrado el 5 de mayo de 1623 en la Plaza Mayor madrileña para festejar la presencia del ilustre visitante inglés y que cayeron “chuzos de punta”. Carlos Stuart, príncipe de Gales, después coronado como Carlos I de Inglaterra, vino a Madrid para casarse con la princesa Ana, hermana de Felipe IV, pero no se llegó a un acuerdo entre las familias reales para que se celebrara la boda y se volvió a Londres con lo puesto.
-
“Toreador que cae siempre de su caballo y nunca saca la espada”
-
“Con la comparación de dos toros celosos pide a Sisi (¿) no se admire del sentimiento de los celos”.
En cuanto a sus obras de teatro con tema taurino cabe destacar:
-
“El zurdo, alanceador”.
Su esporádica actitud contraria a la Fiesta era hija del clima social de aquella época donde se polemizaba continuamente sobre la conveniencia o no de la existencia de ésta. Más que enemigo declarado de esa arraigada costumbre, era un escéptico en cuanto a la existencia de toros, toreros, ganaderías, etc. y estaba en protesta permanente contra una sociedad enviciada con el espectáculo taurino que se desentendía de los verdaderos problemas que tenía España.
Viviendo durante los reinados de los tres Felipes (II, III y IV) hubo de asistir muchas veces a los toros acompañando a los tres monarcas que, por cierto, iniciaron con sus reinados una lenta decadencia social y económica del país.
Quevedo presenció corridas de toros a caballo y a pie y festejo de cañas en la plaza del Arrabal (1580) transformada luego por Felipe III en la actual Plaza Mayor (1619).
En carta al marqués de Velada del 17 febrero 1624 nuestro personaje le contaba que en una visita real al pueblo toledano de Tembleque “…el Concejo recibió a su Majestad Felipe IV con una fiesta de toros y su Majestad de un arcabuzazo pasó un toro que no lo pudieron desjarretar”.
Narra en su momento que en las fiestas de inauguración del palacio del Buen Retiro madrileño en 1633 “… se celebraron durante la Monarquía de Felipe IV no pocas fiestas de toros y cañas, y luchas de toros contra otras fieras, matando en estas don Felipe más de un astado con un arcabuz”.
En una de sus crónicas Quevedo celebra el tiro con que dio muerte a un toro el rey don Felipe IV y que reza así: “Ayer se vio juguetona/todo el arca de Noé/y las fábulas de Isopo/vivas se vieron ayer”, refiriéndose a la lucha de fieras celebrada en la plaza de La Priora el 3 de octubre de 1631
Quevedo era un colega peligroso
Parece aceptado que el Siglo de Oro de la poesía española estaba regido por tres monstruos de la rima hispana: Lope de Vega, Luis de Góngora y Francisco Quevedo. Está documentado también que durante el primer cuarto del siglo XVII los tres coincidieron viviendo en el llamado Barrio de las Letras de Madrid compartiendo los tres durante un tiempo tabernas y corralas con Calderón, Cervantes y Tirso de Molina.
Pero todo no eran amabilidades y golpecitos en la espalda entre ellos. Además de la conocida enemistad entre Lope de Vega y Luis de Góngora destaca sobre todo el odio declarado de nuestro personaje Quevedo por el poeta y canónigo cordobés Luis de Góngora. La Inquina llegó hasta el extremo de que Quevedo compró una casa de la calle Cantarranas en la que vivía Góngora de alquiler, sólo por el placer de ponerlo de patitas en la calle por falta de pago. Corría el invierno de 1625. Dos años después, fallecía Góngora de arterioesclerosis -enfermedad que sufrió durante muchos años- en la más extrema de las pobrezas. Por lo que se ve, nuestro amigo Quevedo no era precisamente una monja de la Caridad con sus conciudadanos.
